No sólo los humanos se broncean
Sonaba fuerte el reloj de ajedrez en la Plaza de Armas. Yo estaba jugando en el único tablero sin quitasol. Mi oponente era uno de los típicos viejitos fanáticos que van todos los días a jugar. Aprovechando un turno de mi contrincante, me paré y fui a dar algunas vueltas, cansado por una larga lucha sobre el tablero. Cuando vuelvo, mi rival me mira extrañado. Todas las piezas estaban de color negro.